Larga era la travesía que me esperaba. Lo sentía, aún sin verlo, pues
cada curva cubría el resto del camino. No, no podía ver más allá de la
curva. Aún así, esto era lo que me hacía proseguir, pues... ¿ para qué
seguir un recorrido cuyo final ya te es conocido? No, aquel camino
solo revelaría sus más íntimos secretos a cambio de mis pasos, sus
verdades no podían ser regaladas a cualquier transeúnte, y era
precisamente esto lo que las dotaba por completo de su valor. Mientras
deambulaba me topé varias veces con otras almas solitarias como la mía,
atraídas como yo por la curiosidad.. ¿Qué imagen asombrosa me deparará
el siguiente tramo? ¿qué encontraré tras la siguiente curva? No
intercambiaba palabra con ninguna de ellas. Tan conscientes ambos de la
presencia del otro como del hecho de que si quisiésemos conversación o
compañía no lo buscaríamos en aquella senda tan poco circulada. Conforme
avanzaba, a medida que aumentaba el número de huellas dejadas a mi
paso, eran menos con los que me encontraba. Los primeros días en la más
austera soledad hicieron que mi itinerario se tornase cuesta arriba.
¿dónde estaban mis compañeros de travesía? ¿Y las demás almas olvidadas?
Desheredados del mundo tangible... ¿habrían abandonado tan pronto el
camino? Pasó así un mes entero, con sus treinta días y su treinta
noches, y a este mes le siguió otro, y luego otro... Y olvidé como era
el rostro de una persona, y el sonido de más de dos pies caminando.
Olvidé hasta mi propio rostro y llegué a dudar de que siguiese aún
cubriéndome. Quizá me había perdido... quizá fui abandonada por mi
sentido de la orientación en la bifurcación más compleja ... Fue
entonces cuando, por primera vez desde hacía meses, paré en seco. Al
mirar mis pies me percaté del lamentable estado de mis alpargatas, no
hace tanto tiempo nuevas. Las alpargatas que estrené al decidir comenzar
mi aventura. Descalcé mis pies y me senté en una gran roca tan oscura
como mis entrañas. ¿Habría esa roca sido colocada allí para la
ocasión?Sin duda, pues no había cavidad alguna para la casualidad en
aquel sendero. Tan desgastada y sucia mi ropa como llena mi alma de
incertidumbre y de llantos mi corazón. Rápido me deshice de los harapos
que cubrían mi pálido cuerpo, pero no tan a prisa logré hacerlo de mi
recién encontrada tesitura. Reflexioné, triste y abatida, cansada y
desorientada, en aquella oscura piedra que se iba haciendo a cada
movimiento del segundero más incómoda. Contemplé, allí sentada, dos
amaneceres y dos puestas de sol, cada cual más hermosa y pura que la
anterior, cada cual más desnuda que mi propio cuerpo, y más cierta que
mi triste situación. Y fue justo en el momento en que el Sol caía por
tercera vez cuando me levanté, dispuesta a volver al mundo de los
hombres, a desandar lo andado. No obstante, mis ojos se volvieron
inevitablemente por última vez en la dirección que seguían mis pies
antes de sentarme, empañados de lágrimas. Un sabor amargo inundaba mi
corazón .Mi última mirada. Y cuál fue mi sorpresa al percibir ,entre
lágrimas , lo cerca que había estado de vencer una nueva curva, de
descubrir un nuevo enigma, un nuevo color...
Y mis labios no pudieron evitar soltar una carcajada, libre por fin. Y
maldije a mi razón por haber dudado de mi sentido de la orientación aún
sin estar este errado, por haberme echo sentir perdida, por intentar
recordar mi rostro aún cuando un rostro solo sirve para cubrir una
mente... Acaricié aquella roca gris que durante casi tres días acompañó
mi desdicha y desee no volver a verla nunca más. Aún no se había
llegado a poner el sol por completo cuando mis pies, desnudos,no echaron
a andar, sino a correr, pues no podía esperar para ver qué me
reservaba aquella nueva curva. Y solo desnuda fui capaz de no solo ver,
supe sentir y comprender el camino.